Se murió un cantante y una parte del periodismo quiere convertir eso en un gesto político.
Se sorprenden de que un artista pueda movilizar una multitud que ningún político —ni con aparato, ni con presupuesto estatal, ni con militancia paga— logra convocar.
Se olvidan que el Indio tiene detrás más de 40 años sonando en radios, autos, casas, auriculares y estadios. Cuatro décadas acompañando vidas enteras.
Ningún político sostiene durante 40 años algo que a la gente realmente le interese escuchar.
La gente no quiere escuchar las mismas promesas repetidas una y otra vez. Tiene la panza llena ya de discursos de m13rda de gente que usa camisa arremangada para fácil lavarse la sangre de los votantes a los que destripan sin piedad.
La música del Indio prometía otra cosa: acompañarte, darte un lugar, entretenerte, hacerte cantar, hacerte saltar. Y cumplía.
Una vez.
Y otra.
Y otra más.
Durante más de 40 años.
La misa del funeral popular no un evento político en el sentido que a los políticos les gusta.
El indio no pagaba los micros para convocar gente: durante décadas generó algo verdadero y la gente fue a rendirle respeto a esa promesa cumplida.
La dirigencia hace mucho perdió la capacidad, si la tuvo, de mantener una promesa durante 40 años.
***
No soy la más fan del Indio, pero a mí también me hizo saltar, gritar, cantar. Y seguramente me va a seguir regalando esas emociones cuando lo escuche.
Pero por sobre todo, me dieron uno de los recuerdos más perfectos que tengo de mi viejo.
Un día de sol (no podía ser de otra manera), mi viejo estaba arreglando algo en la puerta de un galpón que ya no existe y escuchaba música en su eterno radiograbador Crown.
Yo me acerqué. No necesitaba excusas para querer estar cerca de él.
Tenía la caja de herramientas en el piso y hacía algo con las manos. Quizá trabajaba con la morsa, no sé. No lo recuerdo.
Lo que recuerdo es su expresión risueña cuando me compartió que estaba escuchando una banda que se llamaba "Patricio Rey y sus redonditos de ricota". El nombre ya de por sí era gracioso para mí, yo tendría 9 años, quizá 10.
Pero la verdadera gracia, me decía mi viejo, es que ninguno en la banda se llamaba "Patricio Rey".
Y si mi viejo se reía, yo me reía también.









